La modernidad decadente – Martín Lozano

Publicado: 27 abril, 2013 en Uncategorized
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15 de Abr, de 2011 a las 15:59

Un mundo absurdo cuyo pedestal lo ocupan las más acabadas expresiones de la superficialidad (el objeto y la imagen), y caracterizado, además, por una creciente subordinación de la persona a la máquina.

Una vez descartado el predominio de lo espiritual, pretendió establecerse el de la razón, exacerbada hasta convertirse en sinrazón. Y de ahí, cerrando el ciclo del descenso, se ha llegado al momento presente, en el que la razón ha sido desplazada por un estrato aun inferior, los instintos.

Del materialismo capitalista al materialismo marxista, y de éste nuevamente a aquél. De la democracia burguesa a la dictadura burguesa, del capitalismo parlamentario al autoritario, y del autoritario al parlamentario, y vuelta a empezar. Siempre ganando el Poder, la mentira y la iniquidad. Lo peor, sin embargo, es que después de tantos errores no existen razones fundadas para pensar que los hombres hayan aprendido una sencilla lección, a saber, que la única causa que merece el sufrimiento y la sangre que tan pródigamente se derrama en luchas absurdas y estériles es aquélla en la que esté en juego una alternativa radicalmente opuesta al materialismo actual.

Todo lo apuntado no quiere decir que sea válida cualquier alternativa que se presente enarbolando la bandera de lo espiritual. De hecho, es en la impostura religiosa donde reside el mayor de los peligros, ya que la mentira sólo puede alcanzar sus cotas más altas haciéndose pasar justamente por aquello a lo que desea oponerse. No es casual que sea precisamente en determinados grupos oficiales y sectarios que operan hoy en nombre de lo religioso donde se observen los mayores niveles de degradación.

Definido ya el Sistema, y a la vista de lo que éste representa, resulta perfectamente lógica la similitud existente entre todas las grandes fuerzas políticas del momento, coincidentes sin excepciones en lo esencial y discrepantes tan sólo en el terreno de lo puramente circunstancial. Y esa es justamente la mentalidad que abandera y ejercita la izquierda moderna. La derecha, más previsora, no la proclama abiertamente, que de eso ya se encargan otros; simplemente la pone en práctica.

Continuando en esta línea de síntesis, se hace necesaria una referencia a la mentalidad imperante en las sociedades modernas, que en gran medida es el producto de una gigantesca sugestión colectiva creada por los medios propagandísticos del Sistema. Al insistente bombardeo de los medios de comunicación obedece la aceptación casi unánime de que gozan las falacias en las que se apoya el modelo.

Pero si bien los tópicos que sirven de cobertura moral al Sistema son artificios puramente teóricos (la solidaridad, la tolerancia, los derechos humanos, la libertad de expresión, etc.), no ocurre lo mismo con los infravalores en los que realmente se apoya, que esos sí son algo concreto y muy real. Y es en esos infravalores efectivos por los que se conduce la mayor parte de la población (el afán de lucro, la obsesión patológica por el placer, el egocentrismo consumista) donde reside su inmensa fuerza. Por lo demás, el control que el Poder posee sobre la información le permite, tergiversándola y manipulándola, crear un estado de opinión favorable a sus intereses, tanto en los diversos temas concretos como en el conjunto de la situación. Sin embargo, todavía no ha sacado a este poderoso instrumento todo el partido que puede sacársele, simplemente porque no ha necesitado hacerlo. Cuando las circunstancias lo requieran, así lo hará.

El capitalismo avanzado, que ha envilecido cuanto encontró a su paso, convirtiendo la convivencia humana en competencia feroz, la amistad en interés, el amor en simple sexo, la maternidad en aborto, la inteligencia en estupidez y todo ello en dinero. Se trata, en definitiva, de los adelantados de la modernidad, que hablan y no paran del progreso mientras proponen la satisfacción de los instintos, lo más primitivo y regresivo de la naturaleza humana, con tanto entusiasmo como desprecian el espíritu, auténtico motor de la verdadera evolución y lo único que puede alejar al hombre de la bestia.

El infernal esquema jerárquico del mundo actual es más que evidente, aunque una mayoría prefiera ignorarlo. En la cúspide, decidiendo el curso de los hechos, la mentira y el poder del dinero. En un segundo escalón, y al servicio de aquellos, los rectores políticos, una camarilla de mediocres sin conciencia. Y a ras de suelo, a modo de comparsa, los pueblos, convenientemente aturdidos y envilecidos por la intoxicación permanente que lleva a cabo el aparato propagandístico del Sistema, los medios de comunicación.

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